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Tribuna Abierta

Formación, ¿a lo largo o a lo ancho de la vida?

* Aldaizea. Ingeniería de ideas, por Juan José Goñi Zabala - Miércoles, 21 de Octubre de 2009 - Actualizado a las 07:37h

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en estos tiempos de dificultades se habla mucho menos acerca de la importancia de la formación que en épocas pasadas, cuando las cosas eran más florecientes aunque fuera sólo un signo superficial. Ahora los gastos se reducen sean de la naturaleza que sean. Entonces se hablaba mucho de la formación a lo largo de la vida, sugiriendo la idea de que no bastaba con obtener una calificación académica en la etapa joven y luego abordar la actividad laboral, con un cursillo de adaptación de vez en cuando que nos condujera a la jubilación sin grandes cambios en el oficio. Se decía que había que formarse más a menudo y con mayor profundidad, y así se acuñó el término -tan repetido- de formación "a lo largo de la vida".

En lugar de hablar de tópicos, podemos en este caso hacer un recorrido -con usted amigo lector- acerca de su experiencia personal en lo que a formación se refiere, y en especial en lo que es la realidad formativa que ha vivido en su mundo profesional. Puede que comparta conmigo la experiencia de que gran parte de lo que sabe o que lo más importante de lo que aplica lo ha aprendido fuera de cualquier curso, de eso que llamamos formación y a lo que se dice dar tanta importancia. A mí desde luego me pasa y muchos con los que hablo de este tema lo confirman. Todos admitimos que a veces aprendemos solos, pero nos acordamos mucho más de lo que aprendimos cuando estuvimos acompañados de otro que nos enseñó de eso que nos interesaba saber. Se aprende mucho desde las preguntas interesadas y referidas a situaciones vividas, y ésa es la realidad de los adultos. Con los jóvenes y niños tal vez habría que decir otras cosas, pero hoy nuestro tema no va de esto.

La segunda consideración es que aprendemos sobre lo aprendido, como las capas de una cebolla. No podemos imaginar una capa que no lleve detrás o más bien debajo otra capa. Y así es todo lo que sabemos. Empezamos aprendiendo con una cosa sencilla y acompañados, y terminamos solos resolviendo problemas complicados, después de cierto tiempo.

La tercera consideración importante es que sólo aprendemos -con aprovechamiento- si necesitamos salir de un problema, y tenemos los medios adecuados para intentar resolverlo, siguiendo un camino con buena orientación y experimentando. Tanto es así que casi todo lo aprendemos por el sistema de prueba y error, y por eso es tan importante lo que sabe quien nos acompaña, la ayuda y tiempo que nos presta con su experiencia para salir del error, y cómo nos induce a intentarlo de nuevo en busca de un mejor resultado.

Tanto es así que casi todo lo que aprendemos lo hacemos por el sistema de prueba y error

Nos falta la actitud personal de querer aprender todos los días y horas sobre algo concreto

Y, por último, sólo si practicamos y repetimos con éxito adquirimos un hábito, demostrando que ya sabemos por qué nos sale bien a la primera. Todo esto requiere tiempo y un adecuado acompañamiento. Se dice que un oficio se alcanza después de 10.000 horas de práctica, entre 6 y 10 años de aprender con otros, aplicar y progresar en habilidades y conocimientos.

Pues bien, estas circunstancias sólo se producen en el trabajo diario, a lo ancho de la jornada laboral y social, y no tanto en las aulas o en los espacios a donde desplazamos a los adultos cuando se han de formar. Creamos con ello un ambiente descafeinado, donde no se cumplen muchas de las condiciones del buen aprender. El lugar es extraño, cada alumno tiene un conocimiento de partida distinto y no estamos acompañados mucho tiempo de ese profesional que sabe resolver el problema, el experto, y lo más grave es que el problema real no existe. Se trata de un simulacro muchas veces en condiciones tan alejadas de la realidad que no reproducen suficientemente la situación del problema a resolver.

Dicho así parece que la formación convencional no sirve. Aunque esto no es cierto, sirve menos de lo que se cree, y en ello se fundamenta la baja valoración que tiene la formación en el ámbito empresarial y sobre todo en la pequeña empresa. A veces nos empeñamos en valorar la capacitación por las horas de cursos impartidos y esto no sirve de mucho. Para los que tienen que autorizar que sus empleados hagan los cursos lo consideran como una pérdida de tiempo de trabajo y para otros -los alumnos que los han de hacer- cosas nuevas lo pueden convertir en una liberación de tiempo con una escasa conexión con la tarea cotidiana. Ambos modos de proceder son malas respuestas a la necesidad imperiosa de vivir en un continuo aprender a ser y hacer mejor las cosas. Hay empresas donde la gente aprende mucho y no tiene que ver con las horas de cursos impartidos. Tiene más que ver con el cómo se resuelven los problemas y con los estilos de dirección que se practican.

Y si los cursos no son la panacea, ¿qué podemos hacer? En primer lugar entender que dirigir es enseñar y trabajar es aprender, y esto no es fácil para nadie. Pero además de esta doble actitud en la relación laboral, hay que reconocer personalmente que trabajamos con capacidades limitadas y siempre pendientes de mejora. Un síntoma de esta cultura de la interacción entre la formación y el trabajo cotidiano es la consideración de que el tiempo dedicado a la formación -en el modelo que sea- se registre como tiempo productivo o improductivo. En algunos países, como Alemania, el tiempo de formación -continua- está más inserto en el tiempo laboral que en el nuestro, o sea que se entiende como una parte más del trabajo.

Y en segundo lugar nos falta la actitud personal del querer aprender todos los días y horas sobre algo concreto, en lo laboral, en lo social y en el ocio. Sólo si hay un interés en aplicar el conocimiento, éste se pega a las neuronas, si no, resbala y se pierde. Cada persona debe tener su propio Plan Personal de Aprendizaje (PPA). Hoy ya no nos falta la información -está en la red- sobre cualquier cosa que queramos saber, pero para saber hacer -que es de lo que se trata- hace falta la práctica, el hábito y éste sólo se cultiva a través del ensayo y la corrección. Aprender solo es posible, pero acompañado es mucho mejor, y si es de un experto dispuesto a ayudar el resultado está garantizado.

Los tiempos de aumentar las competencias de las personas y de mejorar con ello los resultados de nuestros trabajos han llegado. Tendremos que poner en práctica nuevas formas de entender la capacitación más allá de los tradicionales cursos. Piense que hay que ir más allá de la formación a lo largo de la vida, que ahora significa recibir un curso de aquí y otro de allá en los próximos años, y comience a practicar la formación a lo "ancho de la vida" que significa que en cada ocasión -que las hay muchas cada día- de realizar algo lo ha de hacer con el propósito de aprender, de observar cómo lo hacen otros, y de intentar alcanzar un mayor grado de destreza. ¡Ánimo! Sepa lo que quiere y necesita aprender, localice a un experto cercano que quiera cooperar con usted y adopte una actitud de escucha y acción sin miedo a equivocarse, porque sólo así aprenderá. Como nos decía la Ilustración hace ya unos siglos "Atrévete a saber", porque nos jugamos el futuro.

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