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Mikel Urdangarin - Jueves, 15 de Octubre de 2009 - Actualizado a las 07:42h
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Mikel Urdangarin
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ENCIMA de la mesa descansan una ensalada mixta y una pequeña ración de anchoas en salazón. A estas últimas mi amigo las mira con especial devoción, con inusual cariño, como si fueran de la familia. Sabe que son de Ondarroa y eso le reconforta. Llevamos un rato hablando de canciones y de poesía, más cerca de las nubes que de la tierra, lejos, sin duda, de donde nos hallamos, pero observar las viandas tan cerca de nuestro estómago hace que ambos aterricemos bruscamente. Al tiempo que damos buena cuenta de los entrantes, nos llega desde la cocina el humo que suelta la brasa donde se está asando la chuleta. El olor de la carne venidera empapa el comedor a la vez que secuestra y embriaga el espíritu del hombre que se sienta frente a mí.
Bajo el poderoso hechizo, sus ojos brillan con intensidad y su cara dibuja una sonrisa casi agresiva. Sabe que se acerca la hora de la verdad. Mientras saliva, su cuerpo vacila a izquierda y derecha, y sus manos provistas de tenedor y cuchillo se atan con firmeza a la vieja mesa, como si ellas también formaran parte del castaño que la trajo al mundo. La tensión es grande y el aire se hace cada vez más denso. "¡Por favor, que la traigan ya!", pienso para mis adentros, preocupado por la salud del poeta. Súbitamente, y en buena hora, diría yo, la chuleta irrumpe en escena. Y el mundo se detiene por un momento. Pero sólo por un momento. Después del shock inicial, mi amigo lanza un grito de guerra y se abalanza, imparable, sobre la inmóvil presa. Y ya nada es igual.
Todo lo hablado y compartido anteriormente se pierde en un lugar remoto que solamente él conoce, y tras bajar y subir el telón salen a colación los temas de siempre: las mujeres, la política, el Athletic…y todo esto me suena. Reconozco la escena y me siento a gusto. Y es entonces cuando, entre bocado y bocado, y acompañados de buen vino, empezamos a cantar, y a brindar, y a reír, y, por qué no, a llorar. Lo que viene después, mejor dejarlo para otro día.
Kirmen es así. En parte, claro está. Quizá el relato resulte un poco exagerado, pero sólo un poco, no creáis. Sin embargo, no se me ocurre una mejor manera de describir la energía y entusiasmo que normalmente desprende este muchacho. Entusiasmo del cual muchos de sus amigos nos hemos contagiado desde que le conocemos. Es esa cualidad, en cualquier caso, fruto de una sensibilidad fuera de lo común. Kirmen siente. Y no es que los demás no sintamos. Es, simplemente, que él posee el don de transformar ese sentimiento en palabras, de dar forma a emociones para muchos difícilmente descriptibles.
Mi amigo, me atrevería a decir, a menudo acostumbra a estar en Babia, ausente. A vivir en un mundo paralelo del cual se nutre a modo de sonidos y colores, de formas y de sombras, de silencios, para luego traérnoslos al mundo real en forma de poema.
Hoy cenaremos juntos, compañero. Sabiendo que tienes premio en metálico he encargado mesa en un asador de renombre. Sé que entonces estarás conmigo, presente, en el mundo real, aunque sólo dure hasta el postre….
Gracias por su comentario
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